Publicado en El Periódico, sección Entre todos
Me gustaría reflexionar sobre un aspecto esencial de nuestro sistema sanitario que, con frecuencia, pasa desapercibido: el papel fundamental de las enfermeras en la humanización del cuidado. En un contexto donde los avances tecnológicos y la presión asistencial marcan el ritmo de la atención sanitaria, resulta imprescindible recordar que cuidar no es únicamente aplicar tratamientos o seguir protocolos clínicos.
Cuidar implica escuchar, acompañar, comprender y atender a la persona en su totalidad, no solo a su enfermedad. Es precisamente en este ámbito donde la labor de las enfermeras adquiere un valor incuestionable. Las enfermeras son, en muchos casos, el primer y el último contacto del paciente con el sistema sanitario. Su cercanía, su capacidad de empatía y su formación integral les permiten establecer vínculos de confianza que humanizan la experiencia del paciente, especialmente en momentos de vulnerabilidad.
Son quienes sostienen la mano en situaciones difíciles, quienes traducen el lenguaje técnico en palabras comprensibles y quienes velan por la dignidad y el bienestar emocional de las personas. Además, su papel no se limita al entorno hospitalario. En la atención primaria, en los cuidados domiciliarios o en la educación para la salud, las enfermeras contribuyen a promover hábitos saludables, prevenir enfermedades y acompañar a las familias en procesos complejos, reforzando así un modelo de atención más humano, cercano y sostenible.
Reconocer y visibilizar esta labor no es solo un acto de justicia profesional, sino una necesidad social. Apostar por la humanización del cuidado implica también invertir en recursos, condiciones laborales adecuadas y reconocimiento para quienes hacen posible una atención verdaderamente centrada en la persona. Hablar de humanización en sanidad es, en gran medida, hablar de enfermería. Por ello, como sociedad, debemos valorar, apoyar y dar voz a quienes, día a día, cuidan de nuestra salud y también de nuestra humanidad.



