Queridos Reyes Magos:
Este año os escribo desde un lugar distinto.
Ya no desde la asistencia diaria.
Ya no desde el hospital o desde el centro de salud ni desde el cansancio físico acumulado.
Este año os escribo desde la jubilación de la práctica asistencial y desde un presente dedicado a la docencia y a la investigación doctoral.
Pero que nadie se equivoque: no se deja de cuidar cuando se deja la asistencia.
El cuerpo sigue recordando. Los pasillos, las noches, las decisiones difíciles, las miradas que pedían algo más que técnica. La gestión a diferentes niveles. Las visitas domiciliarias, el cuidar a pacientes y sus familias. El procurar ser referencia para ellos.
Hoy cuido de otra manera:
Desde el aula.
Desde la pregunta incómoda.
Desde una tesis doctoral que intenta poner palabras a lo que durante años pude vivir como enfermero y como gestor.
Y desde aquí veo con más claridad a quienes siguen cuidando. A quienes empiezan llenos de vocación. Y a quienes lideran atrapados entre el sistema y las personas.
Por eso este año no os pido nada para mí.
Os pido líderes que no tengan que endurecerse para resistir. Que no confundan profesionalidad con aguante infinito. Que no llamen compromiso al silencio.
Os pido decisiones que recuerden que cada turno tiene un nombre y cada organización se sostiene sobre personas concretas.
Dejad bajo el árbol algo de presencia.
Escucha real.
Valentía para decir “hasta aquí”
cuando seguir diciendo sí rompe por dentro.
No os pido milagros.
Os pido humanidad.
Porque sé —por haberlo vivido— que cuando la gestión cuida, el cuidado vuelve a tener sentido.
Y si este año no podéis con todo,
al menos dejadnos esta certeza:
Que jubilarse de la asistencia
no es jubilarse del cuidado.
Que enseñar, investigar y reflexionar
también es una forma de seguir cuidando.
Con gratitud por lo vivido
y responsabilidad por lo que viene.



